jueves, 14 de octubre de 2010

LA TELEVISIÓN QUE NOS MIRA…DEMASIADO

“Un recorrido en busca de un mundo diferente que se esconde en nuestras calles…
Hoy las calles son violentas, calientes, imposibles de transitar. Son… calles salvajes. Martin Ciccioli, las recorre para vos, mostrándote cada semana todo lo que ocurre, con los mejores informes. Porque si pasa en las calles, pasa en Calles Salvajes”.
Sábado a la noche, pasadas las diez, de nuevo prendo la tele, sintonizo un programa ya empezado, que no sabía que existía, con un conductor que tampoco conocía. Seguramente ví algo parecido muchas veces, tal vez demasiadas. Intento no obstante, el malhumor que me producen este tipo de programas, prestar atención. El especial se titula “Territorio Retiro”.
El periodista, como un perspicaz antropólogo social, delimita el territorio que nos muestra. Lo hace de una manera tal que creeremos que su cámara son nuestros ojos y su camino, nuestros pasos y hace lo que nosotros, algunos por pudor y otros por respeto, no haríamos.
Le preguntará al adicto porque se droga, al cuidador de coches, por qué y desde cuando lo hace. No importa que ellos pidan por favor no salir en cámaras. El sujeto exótico, peligroso, debe ser mostrado para nosotros. Ingresa a la villa 31, sigue averiguando. Hace primer plano de sus sujetos. Hay un grupo de mujeres que entra a hacer turismo y me parece que algo más. Una de ellas se saca una foto con el periodista y se queda charlando con uno de los entrevistados.
A estas alturas me pregunto si es tan peligrosa la villa 31, como nos cuentan.
Pero, ¿ Por qué, este periodista puede entrar así, probablemente, sin permiso, a territorio ajeno, a cualquier casa precaria, entrevistar a cualquier persona y tomarse la libertad de indagar acerca de sus elecciones y posibilidades?
La respuesta que se me ocurre, es que lo hace porque puede. Porque no está ingresando a un barrio privado, porque no hay nada privado allí. Sí, la gente tiene objetos que puede comprar porque la mayoria, trabaja, pero eso, no obstante auque le permita su uso y posesión, no los transforma en propietarios. Porque viven ilegalmente en un lugar que no compraron y están todos sospechados de actividades ilegales o por lo menos, despreciables.

Y si no existe propiedad privada, no existe privacidad. No me imagino entrando a un country elegante, golpear alguna bonita puerta, y preguntarle a su dueño si se droga, si maltrata a su esposa o si bebió demasiado. Estaría delinquiendo por violar su propiedad, privada.
Pero nuestro periodista no es un delincuente, porque sus sujetos no tienen nada que nada que preservar, que sea considerado como propio por la sociedad.
Puede, que, antes de ingresar hubieran pedido permiso, o hasta les hubieran ofrecido alguna contribución. Pero la evidente desigualdad de la relación, invalida todo acuerdo.
En este mundo posmoderno se puede hacer muchas cosas con la identidad: preservarla, ocultarla, cambiarla, venderla. Pero primero hay que tener una.
Lo que nos dicen, subterráneamente estos programas de televisión, es que ellos tienen un poder tan inmenso que pueden arrebatar por pocos pesos o sin ellos, algo que todos deberíamos tener por derecho. Identidad, mundo interior.
La chica que rogaba no salir en cámara porque “no quería que su familia la viera así”, tal vez pensó que tenía algo parecido antes de que llegaran las cámaras.
Un repaso por la filosofia no viene mal.
Foucalt nos concibe a los ciudadanos modernos no con garantías sino como sujetos objetivables, puros objetos, donde la individualidad es producto de un efecto del Poder sobre el cuerpo y atravesado por un saber producido por otros. (1)
Ya sabemos quienes son los portadores de poder en éste caso y que saber producen, para nosotros.

Pero, la complejidad de nuestra sociedad, merece al menos otra mirada, que por lo menos vale la pena discutir.
Esto también es la villa 31.



(1) Foucault, Michel. “Vigilar y castigar”. S. XXI, México, 1980

facebook.com/patricia.guarino2

No hay comentarios: