jueves, 14 de octubre de 2010

Maradona, ¿”La metáfora argentina”?

La verdad es que no pensaba sentarme a escribir estas cosas, teniendo otras más urgentes que hacer. Tal vez, ocuparme de mi subsistencia. Despúes de todo, solo soy una argentina más, irracional, “primitiva”, que busca soluciones mágicas… y acá sentada escribiendo…
Pero es que ayer, antes de dormirme, (Es que tengo la mala costumbre de buscar algún programa de opinión política por las noches), escucho a un psicoanalista llamado Carlos Pierini, del cual desconozco todo, pero no obstante, no dudo de sus títulos y de sus méritos, hablar de nosotros, los argentinos, como de una extraña tribu, irracional, primitiva, cuyo único objetivo es perseguir líderes que nos solucionen nuestros problemas, mágicamente.(1) Entonces, así, explica como votamos, y en general lo mal que nos va, a nosotros y a otros pueblos igualmente irracionales como los de Venezuela, Nicaragua, seguramente olvidó a Bolivia, entre otros.
También nos compara con los “pueblos sin historia”. ¿Desde qué lugar, pregunto, entiende que existen o existieron pueblos sin historia?. A él y a todos lo que así opinen les recomiendo un buen libro de C. L. Strauss. (”Raza e Historia”. 1999). Si no lo tienen, lo pueden bajar por Internet. En él explica como nuestra perspectiva occidental, etnocéntrica, nos conduce pensar en nuestras civilizaciones, con nuestra idea (ya algo caduca) de progreso, como “históricas” y a las otras como “sin historia”. Es un buen ejercicio intelectual y pensar un poco no hace daño.
¿No es en realidad su incapacidad de pensar o de significar lo diferente que transforma lo incomprensible como irracional? Nuestra lógica no tiene ninguna racionalidad, sencillamente porque no puede comprender lo que nos pasa, nuestros conflictos, nuestras opciones.
Creo que,finalmente, y para resumir, eso es lo que le sucede a Carlos Pierini y a sus aduladores, que, fascinados, le dan espacio por televisión.
Como no pueden explicarnos, nos humillan, con “metáforas”, para explicar porque elegimos un gobierno que tiene una evidente preocupación por los juicios a los responsables de nuestra dictadura militar. Para muchos, esto es oportunismo. Me hubiera gustado, que al menos, por oportunismo, otros gobiernos anteriores, no hubieran optado por leyes conocidas como las “leyes de la impunidad”.
O que lleva adelante planes como la Asignación Universal por hijo que beneficia a 3.684.000 niños de hogares con padres sin empleo. Para algunos será clientelismo, para otros, subsistencia.
¿Por qué cree que nos somos capaces de cuestionar a nuestros políticos, que él llama: “líderes”?, ¿O que el “fracaso argentino en el mundial explica nuestro fracaso como país”? ¿Y cuáles son los países “exitosos” desde su perspectiva?
Me gustaría verlo a este intelectual realizar una defensa de su libro en el auditorio de una de las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, recientemente “tomadas” en defensa de la educación y de un espacio digno donde estudiar , que les explique que todo se entiende porque somos, como país, una metáfora de Maradona.
Que intente convencerlos después de vigilias, amenazas, asambleas diarias, discutir con arquitectos, funcionarios, papás temerosos, y marchas multitudinarias que sus acciones sólo pueden explicarse por la fé en soluciones mágicas.
No es la irracionalidad la que nos explica, es la lucha de clases, Pierini. Una lucha de clases, de opciones y de posiciones, que aún en los tiempos del posmodernismo o de sobremodernismo, de acuerdo a que filósofo leamos, persiste, está viva y sí tiene una explicación histórica, social, y fundamentalmente, lógica. Una lógica que Pierini no puede desentrañar, evidentemente. Y confundido apela a una buena fórmula, utilizando un buen nombre popular: Maradona, que sí algo tiene de mágico es que su sola mención, vende muy bien. Yo que él, me fijaría para que andan usando su nombre….
Tal vez, este tema, no valía la pena los minutos que llevó la redacción de este posteo. Pero es una cuestión de autoestima. Porque sencillamente, creo que los argentinos (este abstracto nacional, pero racional) no nos merecemos semejante juicio de valor que nos desvalorice de ésta manera.

(1) ver: Maradona, la metáfora argentina – Clarín.com
del 7 Oct 2010 …

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LA TELEVISIÓN QUE NOS MIRA…DEMASIADO

“Un recorrido en busca de un mundo diferente que se esconde en nuestras calles…
Hoy las calles son violentas, calientes, imposibles de transitar. Son… calles salvajes. Martin Ciccioli, las recorre para vos, mostrándote cada semana todo lo que ocurre, con los mejores informes. Porque si pasa en las calles, pasa en Calles Salvajes”.
Sábado a la noche, pasadas las diez, de nuevo prendo la tele, sintonizo un programa ya empezado, que no sabía que existía, con un conductor que tampoco conocía. Seguramente ví algo parecido muchas veces, tal vez demasiadas. Intento no obstante, el malhumor que me producen este tipo de programas, prestar atención. El especial se titula “Territorio Retiro”.
El periodista, como un perspicaz antropólogo social, delimita el territorio que nos muestra. Lo hace de una manera tal que creeremos que su cámara son nuestros ojos y su camino, nuestros pasos y hace lo que nosotros, algunos por pudor y otros por respeto, no haríamos.
Le preguntará al adicto porque se droga, al cuidador de coches, por qué y desde cuando lo hace. No importa que ellos pidan por favor no salir en cámaras. El sujeto exótico, peligroso, debe ser mostrado para nosotros. Ingresa a la villa 31, sigue averiguando. Hace primer plano de sus sujetos. Hay un grupo de mujeres que entra a hacer turismo y me parece que algo más. Una de ellas se saca una foto con el periodista y se queda charlando con uno de los entrevistados.
A estas alturas me pregunto si es tan peligrosa la villa 31, como nos cuentan.
Pero, ¿ Por qué, este periodista puede entrar así, probablemente, sin permiso, a territorio ajeno, a cualquier casa precaria, entrevistar a cualquier persona y tomarse la libertad de indagar acerca de sus elecciones y posibilidades?
La respuesta que se me ocurre, es que lo hace porque puede. Porque no está ingresando a un barrio privado, porque no hay nada privado allí. Sí, la gente tiene objetos que puede comprar porque la mayoria, trabaja, pero eso, no obstante auque le permita su uso y posesión, no los transforma en propietarios. Porque viven ilegalmente en un lugar que no compraron y están todos sospechados de actividades ilegales o por lo menos, despreciables.

Y si no existe propiedad privada, no existe privacidad. No me imagino entrando a un country elegante, golpear alguna bonita puerta, y preguntarle a su dueño si se droga, si maltrata a su esposa o si bebió demasiado. Estaría delinquiendo por violar su propiedad, privada.
Pero nuestro periodista no es un delincuente, porque sus sujetos no tienen nada que nada que preservar, que sea considerado como propio por la sociedad.
Puede, que, antes de ingresar hubieran pedido permiso, o hasta les hubieran ofrecido alguna contribución. Pero la evidente desigualdad de la relación, invalida todo acuerdo.
En este mundo posmoderno se puede hacer muchas cosas con la identidad: preservarla, ocultarla, cambiarla, venderla. Pero primero hay que tener una.
Lo que nos dicen, subterráneamente estos programas de televisión, es que ellos tienen un poder tan inmenso que pueden arrebatar por pocos pesos o sin ellos, algo que todos deberíamos tener por derecho. Identidad, mundo interior.
La chica que rogaba no salir en cámara porque “no quería que su familia la viera así”, tal vez pensó que tenía algo parecido antes de que llegaran las cámaras.
Un repaso por la filosofia no viene mal.
Foucalt nos concibe a los ciudadanos modernos no con garantías sino como sujetos objetivables, puros objetos, donde la individualidad es producto de un efecto del Poder sobre el cuerpo y atravesado por un saber producido por otros. (1)
Ya sabemos quienes son los portadores de poder en éste caso y que saber producen, para nosotros.

Pero, la complejidad de nuestra sociedad, merece al menos otra mirada, que por lo menos vale la pena discutir.
Esto también es la villa 31.



(1) Foucault, Michel. “Vigilar y castigar”. S. XXI, México, 1980

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